Ir al contenido principal

Los cuadernos de Samuel Schuberstein

El gran Samuel Schuberstein decía que la clave era decir todo diciendo muy poco o nada. Se dice, personas que los han visto y estudiado, que escribía cuadernos enteros en los que ensayaba diferentes combinaciones de palabras buscando aquella frase que dijera todo y, al mismo tiempo, no dijera nada. Los primeros cuatro cuadernos contienen combinaciones de diez palabras, los siguientes seis contienen nueve, ocho, siete y seis palabras, hay dos cuadernos de cinco, uno de cuatro, dos de tres y uno no terminado de dos. Los cuadernos están escritos en su mayoría en su lengua natal, pero también se encuentran frases en español, ingles y francés. El gran Samuel Schuberstein murió de viejo a los noventa y tres años.  En su lapida se lee: "Samuel Schuberstein. Escritor."

Comentarios

Entradas populares de este blog

El eterno retorno.

Para Jib.

     Esta historia es verdadera. Es sobre un hombre que se obsesionó de tal manera con la idea del eterno retorno, que se dedica a leer las mismas páginas una y otra vez creyendo firmemente que con ello saldrá del ciclo. Su lógica le dice que como es un ciclo y por lo tanto una serie de acciones y reacciones que se entrelazan entre ellas hasta llegar al punto de origen, en la repetición del mismo acto encontrará la salida, asegurándose de no llegar al próximo paso, que inevitablemente lo llevaría al principio.
     Todo empezó para él con el concepto de la reencarnación, intentó estudiarla de varias maneras, intentó darle sentido, cultivarla y compartirla, con la idea de perfeccionar su idea de la misma.
     Después se obsesionó con Sísifo, y al unir estos dos paralelos la idea de que no había realmente una salida de la reencarnación, o una linea recta que se manifestaba en varios planos, digamos un aprendizaje con vista a una graduación, un final concreto, sino simplemen…

El Otro.

Estaban desnudos en la cama. Ella se había quedado dormida. Él, sin miedo a ofenderla, se salió del abrazo, se puso el jean sin ropa interior y se fue a la cocina. Se sirvió un vaso de agua y mientras se lo tomaba vio que quedaba medio cigarro de flores en el cenicero. Se sentó frente a la estufa y lo encendió. Era invierno, como a él le gustaba el calor quemaba leña. Todavía había un poco de fuego. No había sido tan largo, pero sí bueno, muy bueno e intenso, ninguno de los dos puso todo, pero tampoco guardaron nada, fue como siempre tendría que ser, descubrir al otro y a través del otro a uno mismo. Por un momento el trabajo ocupó su atención, pero enseguida recitó su mantra y logró desechar el pensamiento. Se terminó el cigarro. Empezó a pensar en la mujer acostada en la cama y enseguida repitió el mantra: los otros no existen.      Una cosa es estar solo, y otra es estar en soledad con la compañía de los otros. El recuerdo y la memoria generan sentimientos, pero las proye…

Eco.

La historia se repite por internet con la correspondiente distorsión que genera ese eco subjetivo, que rebota y se repite no con la frialdad matemática de la acústica, sino con la cálida interpretación de lo humano. Nada es claro, ni la fecha, ni el lugar, y como ocurre generalmente con estas historias de la antigua Grecia, la gente se toma licencias. Es más, en algunos lugares, le adjudican la historia a otro período y a otros personajes, en algunos a Groucho Marx, y en otros, a Rumi. Pero la mayoría parece estar de acuerdo en que ocurrió en un jardín y bajo una parra, y que fue así:
     Un estudiante se acerca a Epicuro, que estaba en su jardín y bajo una parra, y le pregunta: "Maestro, por algún lado tiene que comenzar todo, ¿Cuál es el primer paso hacia la iluminación?". A lo que Epicuro le contesta: "Reírse de uno mismo".